Aquella mañana me levanté sobre las ocho como de costumbre
y el líquido que resbalaba por mis piernas me anució que aquel no iba a ser un día cualquiera.

Llamé a Papá y me duché. Tras acicalarme, emprendimos el viaje para conocerte. La bolsa, meticulosamente preparada hacía más de dos meses, esperaba inquieta en el armario de tu habitación y apenas dolía nada.
La fiesta empezó pasado el mediodía y acabó sobre las 9:30 de la noche. Yo, extasiada, rompí a llorar al oírte gritar tras un sufrimiento fetal y una incisión que me marcó para el resto de mi vida.
Ya han pasado tres años desde aquello y no he conseguido olvidar el olor de aquella gélida habitación, el calor prestado de la mano del anestesista cuando me acariciaba el cabello y la sensación de notarte salir desde adentro, como si te arrancaran.
Fue una niña, una niña de cristal y de noble linaje, es más, ella anda convencida de que es una auténtica princesa. En numerosas ocasiones, corretea y tras fingir un pinchazo, se desvanece y espera que el beso de quien más cerca se encuentra, le devuelva a la vida. Sus gestos, minuciosamente impensados, la hacen parecer delicada como una alevilla y con su frescura infinita, nos aliña la vida.
Mamá.